domingo, 23 de diciembre de 2012

Escondidas

Me escondo detrás de las letras,
que dibujan sus piruetas
en mi papel.
Soy su marioneta,
ellas me hacen y me deshacen
ellas me arman y me desarman,
son mi coartada
son mi esperanza.
Usted querrá saber,
porque no enfrento la realidad
con la cara al descubierto.
Seré cobarde
pero no moriré en el intento.
¡Quiéranme!
gritan mis aliadas,
desnudando mis locuras
bajo mil llaves guardadas.
¡No me lastimen!
susurran muy bajito
soy sólo un alma
que dirige su barquito
en este mar de desesperanza.


viernes, 7 de diciembre de 2012

Apaga la luz.


En la oscuridad, los opuestos se invierten. Los rincones conocidos y hogareños se transforman en lúgubres escondites; los objetos pasan a ser sombras acechantes y los habituales sonidos se convierten en misteriosos y atemorizantes.
Igual que nuestras pupilas cambian al desaparecer la luz, nuestra mente modifica su método. La seguridad y la tranquilidad de saber que estamos en nuestro hogar son reemplazadas por una molesta incertidumbre, como si una vocecita maligna nos advirtiera al oído que nada es lo que parece en el reino de las sombras.
La fría lógica que acompaña nuestros días desaparece en nuestras noches. Los miedos más guardados se desprenden de su óxido para volver a aterrorizarnos con bestias increíbles y monstruos ficticios. Están ahí, debajo de la cama, acechando y esperando nuestros descuidos para atraparnos.
Cerramos los ojos, intentando escapar del delirio opaco y lóbrego de nuestras pesadillas nocturnas pero ya no somos aquellos niños que podían disipar sus temores con sólo prender la lámpara de noche. Hoy nuestros miedos, nuestros monstruos existen a la luz de sol y bajo el brillo de la luna. Son pálidos y ásperos y se mueven como gusanos, carcomiendo nuestras defensas y dándonos escalofríos.
Quizás por ser adultos debamos jugar nuestros papeles de valientes. Sin embargo, todos somos niños cuando apretamos el interruptor. Las sombras nos rodean, nos abrazan y no nos dejan ir

lunes, 3 de diciembre de 2012

Suiza


Vivir en una cornisa me enloquece. Miro mis pies y están parados en la línea de mis valores, de mis ideales, de mis sueños. Pero luego miro a mis costados y la resolución se desvanece. Voces opuestas y radicales intentan convencerme de que levante un pie y dé un paso hacia su lado, que, por supuesto, es el mejor de los dos.
Me animo a pisar un centímetro fuera de mi zona neutra y una avalancha de ideas predeterminadas me inunda. Me dicen qué pensar, qué hacer y qué decir. Se presentan como la cómoda verdad de los que mandan y me dan la cálida bienvenida al lugar en que todos los pies deben estar. Observo los zapatos que me acompañan y veo absoluto convencimiento y devoción. ¿Cómo fue qué tardé tanto en pisar en este suelo? Parece sólido y resistente, no hay nada que temer.
Mis compañeros de terreno me dan besos de alegría y palmadas de satisfacción:
-Nos entristecía verte sola, sobre la medianera.
Sin que pueda evitarlo, comienzo a sentirme cómoda y segura con mi nuevo sostén. Todos parecen felices y libres. No hay necesidad de caminar demasiado.
Sin embargo, mis pies comienzan a sentirse pesados y lentamente, voy dándome cuenta que cada día se me hace más arduo moverlos y que permanezco más tiempo sentada en mi sillón. Consumida por las dudas, observo que los zapatos de todos están hechos de algodón, para prevenir que alguien pise demasiado fuerte.
Espantada, corro hacia mi olvidada línea media, esforzándome por contrarrestar el peso muerto de mis pies. Una masa de pesados pasos me persigue, intentando convencerme que no debo volver. En mi desesperada carrera, tropiezo con algo parecido a una mentira y caigo de rodillas al piso. El suelo comienza a resquebrajarse, desvaneciéndose como un hielo delgado y quebradizo.
Apuro los metros que me separan de mi cornisa y recibo la solidez del terreno con lágrimas en los ojos. Me doy vuelta y veo caer a todos los que habían sido mis colegas de pensamiento, gritando por una idea que los sostenga.
-Quizás estar sola no sea tan malo -me digo, agradeciendo que mi tierra sigue en pie-. Al menos tengo dónde sentarme.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Querernos

Quererte. Desaparecer. Huir. Desdibujarme.
Desaparecer, huir y desdibujarme queriéndote. ¿No entendés lo que significa este amor? Perdernos y sólo encontrarnos en el otro, en el instante, en el beso. Escapar de lo imposible, de lo implacable. Rozar tu mano y que el mundo gire rápidamente hasta convertirse en un borrón. Sí, un borrón molesto, que nos dice que está mal, que no debemos querernos de esta forma.
Pero yo te digo que huyamos juntos.

viernes, 18 de mayo de 2012

Puente al Infinito. Capítulo 2, adelanto.


Caminamos por al menos diez minutos hasta llegar a un viejo edificio de ladrillos rojos, con varios pisos de altura. Encima de la gran puerta de hierro negra había un cartel que rezaba “Biblioteca El Portal” y al pie de la entrada descansaba una pequeña alfombra raída que me daba la bienvenida.
Con una sonrisa resplandeciente, entré al lugar detrás de Albano. Me encontré con una enorme sala, con sus cuatros paredes tapizadas de miles de estantes llenos de libros. En el centro, había un enorme escritorio circular, en el cual había una chica sentada frente a una computadora. A cada lado de éste, había varias mesas con sillas y en la parte posterior del lugar había un enorme sillón de color negro.
-Bueno, bueno- murmuró alguien a nuestras espaldas.
Me di vuelta para encontrarme con un joven alto y espigado, portador de una tímida sonrisa y de un par de ojos color café que brillaban de forma inusual.
-Ya era de que aparecieras por aquí, ¿no lo crees, querido Al?- dijo, ensanchando la sonrisa. Dirigió sus ojos hacía mí y me tendió su mano para que la estrechara-. Orión Saen, a su servicio, señorita…
-Dana. Dana Busch- respondí, con un suave apretón de manos.
-Bienvenida, Dana. Un placer contar con su presencia.
El muchacho hizo una pronunciada reverencia y no pude evitar que una carcajada brotara de mis labios.
-He de decir que usted es dueña de una risa encantadora, señorita Busch.
-Vamos, Orión. La señorita tiene que descansar y tú tienes tareas por hacer- lo reprendió Albano, con una mirada entre severa y divertida.
El joven esbozó una sonrisa a modo de disculpa y desapareció detrás de una puerta negra que había a nuestra derecha.
-Bien, ahora te llevaré al que será tu nuevo dormitorio… si es que deseas quedarte.
-¿Lo dices en serio? Este lugar es fantástico- exclamé, sin poder contenerme.
-Bueno, genial entonces. Ven conmigo.
Me condujo por el centro de la sala hasta llegar a una doble puerta de madera oscura que daba a un iluminado rellano del cual nacía una interminable escalera de caracol y comenzó a subir por ella, con lentitud.
-Eres afortunada. El cuarto de invitados da al parque que se encuentra detrás del edificio y por las mañanas tendrás una maravillosa vista- comentó, como de pasada-. El sol te despertará.
-Prefiero eso al ruidoso despertador que usaba en mi casa.
Él rió y se detuvo frente a una puerta de color rojo.
-Aquí es. En el armario encontrarás sábanas y frazadas para tu cama.
-Gracias- susurré, con la sinceridad brillándome en los ojos-. No tienes idea de lo que esto significa para mí.
-Sí la tengo, querida. Sí la tengo- fue su misteriosa respuesta y siguió subiendo hasta desaparecer.
Entré a la habitación y el asombro me dominó por completo. Mi nuevo dormitorio era amplio, iluminado por la luz que se filtraba por el ventanal que Albano había mencionado y que estaba semi oculto detrás de unas vaporosas cortinas de color celeste. El piso de reluciente madera albergaba una cama enorme, una mesita de luz y sobre la pared opuesta a la del inmenso armario de color oscuro, una inmensa biblioteca me daba la bienvenida.
Sin poner contenerme, corrí hacia ella y comencé a examinar los antiguos ejemplares que poblaban sus estantes. Los títulos eran tan prometedores que, inconscientemente, fui eligiendo aquellos que me atraían y rápidamente formé una pila sobre la cama.
Estaba decidiéndome entre dos libros, cuando un pequeño sobre rojo se deslizó de entre las páginas de uno de ellos. Lo tomé del suelo y mi corazón se detuvo por un instante: tenía el mismo sello que la carta que aquel aterrador hombre le había dejado a mi padre.
Me senté en la cama, con el pulso enloquecido y, por un instante, tuve el deseo de arrojar aquella carta por la ventana. Tenía muy presente el brillo maligno de aquellos ojos y todavía resonaban en mis oídos sus palabras. << Te aseguro que sabré si has leído la carta, niña>>
Leer el contenido de la misiva podía ser la decisión más peligrosa que había tomado nunca pero también significaba conocer esa verdad  de la que me había estado escondiendo durante años. Tenía a mi alcance las respuestas a todos esos interrogantes que habían poblado mi vida pero, ¿tendría el valor de hacerlo? 

martes, 20 de marzo de 2012

Puente al Infinito. Final del Capítulo 1


Sin decir más, desapareció, dejándome aterrada y paralizada. Cerré la puerta y decidí que iba a darle la carta a mi padre en ese instante y olvidarme del asunto.
Lo cierto es que nunca pude olvidarme de aquel encuentro, y mi padre tampoco. Sabía que cuando depositara aquella esquela en sus manos, vería el primer cambio en él en mucho tiempo. Y no me equivocaba.
-Papá, han dejado esto para ti- susurré, dejando la carta sobre el apoyabrazos de su sillón.
Él me ignoró por un instante y finalmente tomó el sobre. Lo observó por un momento, desganado y como si no le importara, hasta que descubrió aquel extraño símbolo rojo. De repente, se tornó pálido como una hoja de papel y por un segundo creí que iba a ahogarse por la forma en que se esforzaba por inhalar.
-¿Papá, estás bien?- pregunté, aunque ya conocía la respuesta.
Se puso de pie bruscamente y me tomó por los hombros con fuerza.
-No quiero que le menciones esto a nadie. Ni la carta, ni el hombre que te la dio ni esta conversación- me ordenó con una autoridad y seriedad que hacía tiempo no escuchaba en su voz.
-Te lo prometo- dije, casi al borde del llanto.
-Bien- murmuró y huyó para su dormitorio.
Yo permanecí allí, paralizada y así me encontró mi madre cuando regresó.
-¿Qué te ha pasado, hija?- quiso saber, con la preocupación en el rostro.
-Nada- mentí-. Sólo estoy algo cansada.
-Pues ve a tu cuarto a descansar, yo te llamaré cuando la cena esté lista.
No dudé y escapé a la seguridad de mi dormitorio. Apenas cerré la puerta, un torrente de lágrimas brotó de mis ojos, sin que pudiera contenerlo. Luego de desahogarme por un largo rato, me prometí a mí misma que jamás volvería a pensar en nada de aquello, que actuaría como si nunca hubiera abierto la puerta y que seguiría mi vida, para dejar atrás aquel infierno que era mi familia.
Los años pasaron y yo crecí rodeada de mentiras, engaños y sentimientos fingidos. Mis padres se convirtieron en unas sombras que formaban parte de mi vida de forma ocasional y yo aprendí a valerme por mí misma. Estudiaba con ahínco, desesperada por encontrar una oportunidad de irme lejos y hallar un lugar que realmente pudiera considerar un hogar.
Mi único refugio fue la biblioteca de mi colegio. Allí conocí a mi único verdadero amigo: Frank. Él fue quien me permitió esconderme entre las miles de páginas de los libros que llenaban los estantes de su querido santuario y quien me alentó para que escribiera mis propios textos.
A veces me parecía que los momentos que pasaba con él hablando de las novelas que había leído, mientras tomábamos té eran los únicos que valían la pena. Quizás creas que tuvimos un romance pero lo cierto es que Frank se convirtió en una suerte de padre y hermano para mí.
Aunque tarde tiempo en sincerarme, le confié mis secretos, mis penas y, sobre todo, mis más profundos anhelos. Él es el único que realmente conoce a la verdadera Dana, que se esconde detrás de una fachada de una muchacha callada, estudiosa y responsable.
-¿Y quién se esconde detrás de la máscara?- me preguntó, interrumpiéndome por primera vez.
-Una soñadora- le respondí, sin siquiera detenerme a considerar que le estaba mostrando mi alma a un desconocido-. Alguien que todavía cree que el mundo se puede cambiar, que aún hay mucho por hacer.
-Pues, creo que somos dos, querida. Tengo 60 años y aún no he perdido la esperanza.
La regalé la sonrisa más sincera y brillante que había esbozado en años. Aquellas eran las primeras palabras de aliento y empatía que había escuchado en mucho tiempo y actuaron como un bálsamo para mis heridas.
-Me haces acordar a Frank- le dije, aún sonriente-. Él nunca pierde la fe, siempre le encuentra el lado bueno a las desgracias.
-Es eso o volverse loco, ¿no lo crees?- me contestó, levantando los hombros.
La moza llegó con nuestro pedido y por un rato largo, el silencio reinó entre nosotros. Cuando terminamos, sentí que la curiosidad me embargaba y rebusqué en mi cabeza la forma de seguir la conversación.
Albano, casi como si pudiera leerme la mente, murmuró:
-Ahora me toca, ¿verdad?
Sonreí con timidez, avergonzada.
-Es lo justo. Tú me has contado tu mayor secreto, sin siquiera conocerme- me aseguró-. Voy a contarte quién soy, pero primero quiero que me acompañes a un lugar que creo que te gustará, por lo que me has contado.
-Déjame adivinar… ¿una biblioteca?
Ambos reímos, como si nos conociéramos de toda la vida.
-Has acertado. Allí podrás quedarte y sentirte cómoda, rodeada de libros.
Volví a sonreír. En ese rato que habíamos pasado juntos había portado más sonrisas que en toda mi vida. Pagamos la cuenta y luego salimos al frío exterior. Me enfundé la capucha y seguí a aquel hombre, sin siquiera saber que mi vida estaba a punto de cambiar.

martes, 13 de marzo de 2012

Puente al Infinito. Capítulo 1, parte 3


-Es una historia larga, enredada y tienen muchos espacios en blanco- le advertí, antes de empezar.
-Así son todas las historias de vida, Dana. Si contar las vivencias de una persona se convierte en tarea fácil, indican que nunca probaron el verdadero sabor de vivir. La vida se basa en enredar nuestros destinos entre sí. Así que, continúa.
-Bien. Creo que debería empezar por dónde comenzó todo: el casamiento de mis padres. Mi padre era un soldado del ejército. Tuvo la suerte por mucho tiempo de que no hubiera guerras en nuestro país y su trabajo consistía básicamente en educar a los nuevos reclutas.
Mi madre era doctora en el cuartel. Consiguió ese trabajo siendo muy joven, por sus altas calificaciones y rápidamente se hizo conocida por su buena predisposición y sus extensos conocimientos de medicina.
A pesar de vivir en el mismo lugar, los caminos de mis padres no se cruzaron hasta el día en que hubo un bombardeo que destruyó parte de la escuela militar y por el cual, mi padre resultó herido de gravedad.
Ángela, mi madre, cuidó de él con abnegación hasta que finalmente se recuperó. Tuvieron un breve romance de 5 meses y finalmente se casaron. Un año después nací yo.
Durante los primeros años, éramos muy unidos. Mi padre seguía trabajando en la escuela militar y mi madre consiguió un trabajo en un hospital cercano a donde vivíamos. Pasábamos tardes enteras contándonos historias maravillosas, de duendes, hadas, ogros y magos. Mi amor por la lectura nació apenas pude leer y mis padres me alentaban a devorar los volúmenes que teníamos en la biblioteca.
Todo era perfecto, hasta el día en que mi padre fue despedido. Nunca supe la causa real pero suponía que había sido reemplazado por alguien más joven. Desde ese día, nuestra familia se fue desmoronando.
Mi padre se sumergió en una depresión de la que nunca salió. Él pasó de ser una persona amable, equilibrada y llena de alegría a convertirse en una sombra que no mostraba emoción alguna y que parecía totalmente desconectada de todo, excepto su propio sufrimiento.
Mi pobre madre tuvo que hacerse cargo de mantenernos a los tres y pronto comenzó a volverse irritable, nerviosa y frenética. Trabajo todo el día y yo casi nunca la veía, por lo que estaba obligada a compartir mis tardes con ese ser taciturno y melancólico que ahora era mi predecesor.
Creía que la situación no podía empeorar pero aún nos faltaba mucho para tocar el suelo.
Una mañana en la que falté al colegio, un hombre tocó a nuestra puerta. Como mi madre no estaba y mi padre no iba a hacer nada, decidí atenderlo yo.
Vestía de negro de pies a cabeza y su cabello era de un furioso color escarlata. Pero eso no era lo más llamativo de aquel personaje. Había algo en sus duros ojos azabaches que provocó en mí el mayor miedo que sentí nunca. Un escalofrío me recorrió entera cuando comprendí que la presencia de aquel extraño sólo podía significar que más malas noticias estaban en camino.
-¿Eres Dana Busch, la hija de Álvaro Busch?- quiso saber, clavándome su mirada de hielo.
-Sí, soy yo- respondí, aterrorizada.
-Vine a dejarle esta carta a tu padre- me informó y me entregó un sobre negro con un gran emblema en rojo- No debes abrirlo. Sólo él puede conocer su contenido.
Asentí, con la desesperación trepándome por la garganta al ver que mis sospechas eran ciertas.
-Te aseguro que sabré si has leído la carta, niña- me amenazó. Sus pupilas se encendieron por un instante y pude ver el mismísimo fuego del infierno en sus ojos.

sábado, 10 de marzo de 2012

Puente al Infinito. Capítulo 1, parte 2


Salí al corredor y me dirigí a la puerta de entrada, sin más preámbulos. Iba caminando con pasos seguros, decidida a irme pero deseando internamente que alguien me detuviera, que me dijera que aquello era una locura y que ese era mi hogar. Apoyé mi mano sobre el picaporte y permanecí inmóvil, intentando escuchar a mis padres que aún estaban en el comedor.
El silencio era absoluto. Nadie vendría a interrumpirme ni abrazarme ni consolarme. Nadie en esa casa me extrañaría, nadie sentiría mi falta porque sencillamente nunca había formado parte de esa familia.
Con esos lúgubres pensamientos en la mente, me zambullí en el helado aire invernal de la calle. El sol de mediodía brillaba sobre mi cabeza pero su fulgor no alcanzaba para paliar el frío viento que atravesaba mi campera de abrigo como una cuchillada.
Apresuré el paso y me dirigí a la avenida principal. Luego de caminar unas cuadras, me encontré calada hasta los huesos y decidí que era mejor buscar resguardo. Me detuve frente a un bar que parecía acogedor y sin pensarlo dos veces, entré.
Agradecida por el calor que reinaba en el local, busqué la mesa más alejada de la puerta y me senté. Observé a las personas a mi alrededor y ninguna llamó particularmente mi atención. Todos parecían personas que estaban esperando que fuera la hora de entrar de nuevo al trabajo, personales normales con vidas normales e historias normales.
Todos parecían formar parte de ese cuadro mundano y apagado, excepto un anciano que estaba sentado en la esquina opuesta a mi mesa. Traía un abrigo hecho de pequeños retazos de telas de diferentes colores, a pesar de lo sofocante del ambiente y parecía inmerso por completo en la lectura de un pequeño libro de tapas azules y desgastadas. Su rostro estaba semioculto y sus cabellos entrecanos tapaban las letras doradas y borroneadas del título.
Había algo en ese sujeto que despertaba una profunda curiosidad y decidí que me le acercaría, para al menos intercambiar un par de palabras.
Me levanté, llena de ansiedad y acorté la distancia entre nosotros, exprimiéndome el cerebro para encontrar una frase adecuada para iniciar una conversación. Finalmente, me encontré frente al hombre, con la mente en blanco y sin poder decir nada más que:
-Me gusta su abrigo.
El viejo levantó la mirada y me encontré con unos ojos verdes extremadamente amables. Sus labios se curvaron en una cálida sonrisa y pude distinguir una pequeña cicatriz justo debajo de su nariz.
-Gracias- murmuró, invitándome a sentarme junto a él- Fue regalo de una amiga muy querida.
-¿Puedo preguntarle por el libro qué está leyendo?
-Creo que de hecho ya me estás preguntando, querida- dijo, soltando una breve carcajada- Este libro es mi único compañero en estos días de clima hostil, y no me refiero sólo al frío.
-Oh, no se preocupe. Entiendo de qué habla.
-¿Has huido de tu casa, verdad?
Asentí, sorprendida. Aquel anciano realmente me agradaba. Había algo en su manera de hablar que me reconfortaba.
-Se te nota en tu rostro que no tienes a dónde ir- explicó, al ver mi expresión- He pasado por eso, mi niña. Pero puedo asegurarte que si lo has hecho para liberarte de alguna prisión, sea cual fuere, has tomado la mejor decisión de tu vida.
Lo miré, incapaz de contestarle. La ternura en la voz de aquel hombre derribó todas mis barreras y no pude contener mi angustia por un segundo más. Amargas lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas y él tomó mi mano, en señal de apoyo.
-Llora tranquila, querida. Purgar las penas con un llanto ayuda a seguir.
Me desahogué como nunca antes y, al cabo de unos minutos, me sentí librada de un gran peso. Esbocé una sonrisa compungida y me enjugué las lágrimas con el dorso de mi mano.
-¿Estás mejor, no es cierto?
-Sí, mucho mejor.
-Bueno, me alegra escuchar eso- dijo, devolviéndome la sonrisa- Por cierto, no nos hemos presentado. Mi nombre es Albano.
-Yo soy Dana.
-Encantado de conocerte, Dana- comentó, teniéndome la mano para que la estrechara- ¿Te gustaría una taza de té? No he desayunado como corresponde esta mañana.
-Yo no he almorzado- confesé.
-¡Oh, no! Eso no puede seguir así- dijo y llamó a la camarera con un gesto.
-¿En qué puedo servirles?- preguntó la joven, al acercarse.
-Traiga dos menús del día, por favor.
-En seguida.
-Mientras esperamos… ¿no te gustaría contarme cómo llegaste aquí?- sugirió, mirándome fijamente.
Inspiré hondo y me dispuse a contarle mi historia a aquel hombre misterioso.

lunes, 5 de marzo de 2012

Puente al Infinito. Capítulo 1, parte 1.


-Estoy cansada de que siempre suceda lo mismo.
Cerré los ojos y di un largo suspiro. La tregua había durado demasiado esta vez, tanto que ya había creído que todo se había arreglado por fin.
Pero estaba equivocada.
-Yo me esfuerzo por salir de este hoyo en el que estamos metidos y vos lo único que hacés es quedarte sentado en tu cómodo sillón viendo programas inútiles en la televisión.
Miré a mi padre, temerosa de que estallara como había hecho otras veces pero sólo encontré calma y resignación en su rostro.
-Yo limpio, cocino y trabajo. ¿Vos qué hacés? NADA. A veces creo que soy la única que impide que esta familia se derrumbe. Es agotador ver como nadie valora lo que hago y encima tengo que soportar tus malos tratos y tu fría indiferencia. Un día me voy a ir y te vas a quedar solo.
-Andate- murmuró mi padre, sin apartar la vista de su plato.
Mi madre se paralizó y vi como la furia pasaba por su mirada, la cual finalmente se inundó de lágrimas.
-Sos un desagradecido. Podrías al menos preocuparte por tu hija- le espetó, señalándome.
-Yo no quiero que nadie se preocupe por mí- solté, incapaz de contenerme un segundo más.
Ambos me miraron, perplejos, como si nunca me hubieran observado en realidad.
-Me voy. Que sus peleas los acompañen.
Me levanté bruscamente y corrí a mi dormitorio, antes de darles tiempo de reaccionar. Tomé el bolso que ya tenía preparado de debajo de la cama, el dinero que guardaba bajo el colchón y mi campera favorita del armario.
Inspiré hondo, sin creer que estaba por tomar la decisión que había estado postergando desde hacía meses. Sabía que luego de que cruzara la puerta de entrada de mi casa, no habría vuelta atrás y que me esperarían momentos difíciles.
Pero, ¿no eran estos momentos difíciles ya? No dejaba nada atrás, excepto dolor y rabia contenidos y sabía que si me animaba a hacerlo, obtendría la libertad que había deseado por tanto tiempo, ese anhelo que había inundando mis pensamientos y dominado mis sueños durante tantos días y tantas noches.
Recorrí mi dormitorio con la mirada y no pude evitar que lágrimas de tristeza rodaran por mis mejillas. Me engañaba a mí misma si creía que todo sería igual. Estaba dejando una vida y miles de recuerdos atrás.
Me senté en mi cama, y mis ojos se posaron, inevitablemente, en unas palabras escritas en la pared.
“Be free to yourself”
La nostalgia me abrumó y me vi transportada a aquella tarde en la que escribí aquella frase, rodeada por los brazos de quien consideré el amor de mi vida.
-Espero que ahora no lo olvidés nunca- susurró en mi oído- La felicidad sólo se alcanza siendo fiel a nosotros mismos.
Sacudí mi cabeza para volver al presente y descubrí que estaba llorando a mares. Me puse de pie y reuní toda la valentía que me quedaba para afrontar la prueba que tenía frente a mí.

Brand New Start

¡Bienvenidos! 
Con esta entrada doy comienzo a mi nuevo blog Write Down My Heart en el cual pienso volcar mis intentos literarios. Me decidí a seguir el ejemplo de dos amigos que también toman la pluma y empezar una blognovela, con el anhelo de darle continuidad a esta nueva idea y que no sea otro intento fallido que queda en el tintero.
Con respecto a la regularidad con la que voy a subir, puedo decirles que voy a intentar escribir una entrada cada dos semanas como mínimo para motivarme a seguir. Si logro escribir más de eso, lo subiré.
Desde ya, espero que encuentren de su agrado este humilde proyecto y sus comentarios son más que bienvenidos.
Saludos, nos leemos.